El Mundo Árabe hace arder la llama incandescente de la libertad, de los derechos humanos y del ciudadano.
Esos derechos que Occidente tanto se preocupa por erigir como máximos representantes de una sociedad civilizada y desarrollada.
Europa, quizás preocupada, mira hacia abajo y hacia su izquierda, contemplando como el conflicto no se apacigua, y esperando, a que el gran Estados Unidos se pronuncie.
Y hasta ahora, efectivamente, el país americano, a condenado a esos regímenes opresores y dictatoriales que con su consentimiento y apoyo llevan décadas y décadas en el poder, y eso ya le ha valido el reproche de algunos protegidos como Arabia Saudita.
Pero habla con la boca pequeña. Y mientras el precio de crudo asciende por las nubes y los principales dirigentes huyen de sus redes caciquiles, eso bastaba.
Pero cuando un tirano envía al ejército a masacrar a sus súbditos, es cuando llega la hora, quizás incluso tardía, de abrir la boca bien abierta y dejar las cosas claras.
O se está de parte de la democracia y la libertad o se está de parte de los intereses económicos. Pero está claro que no se puede servir a Dios y al dinero al mismo tiempo.

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