Los estudios sobre los procesos de socialización del ser humano han establecido siempre como agentes de socialización primaria a la familia, la escuela y la religión.
La socialización primaria es aquella que experimenta el niño es su primera etapa y que le hace configurador del su “propio yo” y del “mundo”. Esta configuración del mundo desde una determinada perspectiva (la experimentada por esos agentes sociales), resulta determinante para la configuración del “propio yo”, de forma que la perspectiva aprendida en este proceso, resultará definidora de su propia personalidad y visión de la realidad social.
Lo que uno aprende de niño es muy difícil de modificar de adulto.
Pero los libros de sociología, han quedado obsoletos desde que los medios de comunicación, y en especial la televisión, se erigiera como cuarto agente de socialización primaria.
Por desgracia, que no por acierto, este medio audiovisual se convierte en el compañero de juegos de los niños pequeños que aprenden de la televisión los valores y las reglas del juego que este medio, siempre empresa económica, no lo olvidemos nunca, quiere enseñar. Y en este juego de la oferta y la demanda, no rigen precisamente los criterios de una ética que prime el valor de la formación.
Y resulta que nuestros niños son el experimento de una nueva cultura: la cultura televisiva que erige como valores supremos el éxito y la rentabilidad.
El problema es que esos niños conformarán después las nuevas clases generacionales. Las nuevas bases de la sociedad. Serán los nuevos propietarios de esas empresas audiovisuales.
Y si bien nadie dijo que fuera fácil cortar con esta pescadilla que se muerde la cola, desde luego, si que empieza a ser alarmantemente urgente.

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