martes, 15 de febrero de 2011

El gigante despierta


Túnez encendió la chispa y Ben Ali probó el exilio. Después Egipto sopló sobre las brasas de la excitación y tras dos semanas de ascuas aun ardientes, con la Plaza de la Liberación como icono de las movilizaciones pacíficas y no tan pacíficas, el presidente Mubarak escuchaba al pueblo y abandonaba el poder tras treinta años de dictadura. Esto es solo el comienzo y la superficie de una circunstancia histórica que se estudiará como la "Oleada de cambios del Mundo Oriental" y que sacude ya en mayor o menor medida al resto de los países del mundo islámico y Oriente Medio.

El mundo entero se asoma a la espera de una transición que acabe con siglos de dictadura y fanatismo y Estados Unidos y Europa aplauden ahora como si la victoria de la democracia hubiera llegado de la mano del triunfo de estas "revueltas populares y ciudadanas" que se han encumbrado con la caída de importantes dictadores.

Pero la ignorancia es atrevida y es ahora cuando verdaderamente, el espejismo de una lucha por la libertad y los derechos del ciudadano se convierte en la oportunidad de cambio real que es sin duda la difícil y arriesgada. Porque varios siglos de fanatismo no finalizan con una revuelta y la libertad también tiene bienintencionados detractores. Porque un pueblo sin cabeza se aboca directamente a la desunión. Porque la democracia no se logra simplemente con unas elecciones.
Y es ahora cuando Oriente necesita de un Occidente que se olvide del petróleo y las declaraciones de amistas interesadas y se centre en auspiciar a aquella otra mitad del mundo que espera ansiosa su despertar.

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