Casarse con un hombre que la amara y la respetara, ha sido la máxima aspiración de la mujer hasta hace apenas cinco décadas. Hoy, esta afirmación parece la peor pesadilla de un movimiento feminista arraigado en nuestra sociedad que lucha por exaltar a la mujer atribuyéndole incluso cualidades de las que carece, como desquite de siglos de segundo plano.
Y efectivamente la mujer, igual en dignidad que el hombre, ha conseguido subir el escalón de la igualdad de condiciones, lo cual aplaudimos, pero no contenta, y deslumbrada por el nuevo horizonte de posibilidades que se le abre, ha continuado subiendo por la escalera de la autosatisfacción hasta convertirse en algo ni es, ni debería ser.
Que la mujer pueda acceder a un trabajo profesional en igualdad de condiciones que un hombre es noble y justo en una sociedad que no se mantiene con un solo salario familiar. Pero que se admita el uso del sustantivo plural femenino para designar a un grupo heterogéneo de hombres y mujeres cuando éstas son mayoría, rompiendo así con toda una tradición lingüística, es cuanto menos desmesurado.
Que la mujer pueda realizarse profesionalmente es beneficioso para la sociedad, pero que deslumbrada por un bien deseable, invierta su esencia y sus prioridades y olvide su característica y singular capacidad de ser madre, es sin lugar a dudas, antinatural.
Reflexionemos. Tenemos un brillante abanico de posibilidades que nos permite realizarnos en muchos más ámbitos. Pero, olvidando los conatos negativos que pueda haber tenido, hemos de darnos cuenta de que estamos en la tierra para demostrar lo que somos y valemos. Y valemos por lo felices que somos y lo felices que hacemos a los demás. ¿De qué sirve fundar empresas si perdemos maridos y no llegamos a abrazar nunca los frutos de nuestro amor?
Nada es incompatible. Pero no invirtamos el orden de prioridades.

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