El mundo de la moda nos ha hecho creer que ella misma constituye un péndulo frenético que va y viene y va y viene y va y viene haciendo de la campana y el pitillo o de las flores y las rallas, enemigos irreconciliables que han de esperar su momento de gloria para luego desaparecer y volver a resurgir con la misma energía que Cánovas y Sagasta durante la restauración española.
La moda urbana imita a las pasarelas como el niño pequeño que quiere ser su hermano mayor y así, en el ritmo insconsciente de ser y tener lo último, perdemos el sentido del verdadero estilo que siempre resulta atemporal. Que no se deja impregnar del humo de la extravagancia. Que no permite ser vapuleado.
Porque el estilo no es del diseño sino del que lo porta. La elegancia no se hace sino que siempre es. Y no todo puede llevarse. Y no todo puede incluirse dentro del concepto mágico de una obra de arte.
No hay comentarios:
Publicar un comentario