No es precisamente simpática la figura que del becario se ha ido forjando en nuestra sociedad. De chico del café a chico de las fotocopias y así sucesivamente en una larga lista de tareas incómodas que poco tienen que ver con la profesión en cuestión y sueldos que rozan la ilegalidad.
Y sin embargo, según datos de la Seguridad Social, 20.000 son los jóvenes que cada año se someten a esta dolorosa operación de extirpación de la dignidad.Pero mientras que los recién licenciados o graduados miran con más que recelo a esta institución, los ya establecidos dentro de la trayectoria profesional, tienden a ser más benévolos con ella y sonríen como si ya no se les escapara por viejos lo que sí por diablos.
Y es que los tiernos corderitos que se adentran en la vorágine del mundo laboral, consideran en muchas ocasiones, que los conocimientos que han adquirido durante sus estudios, resultan más que suficientes para desenvolverse con soltura en una esfera que no conocen ni de lejos. En realidad, esperan construir catedrales empezando por las agujas y olvidando que hay que ser cocinero antes que fraile.
Efectivamente, no resulta descabezado exigir una regulación que recoja de manera adecuada unas condiciones dignas de trabajo, aceptando no obstante, la idea realista de que un becario no es mas que un estudiante remunerado; afirmación ,que desde luego, daría la vuelta a la tortilla. Y es que empezar desde bien abajo, no supone una infravaloración del universitario sino el camino seguro al éxito y la cura en salud del fracaso laboral.
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