Japón sigue siendo hoy, casi veinte días después de la catástrofe, foco de atención mundial. Y ya sufrido y asimilado el primer impacto, comienzan a extraerse las moralejas de una historia que no solo por terrible nos hace abrir la boca y quitarnos el sombrero.
No se trata de interiorizar una vez más que por mucho que a veces el siglo del progreso trate de esconderlo, la naturaleza sigue siendo más fuerte que el hombre. No se trata ya de reflexionar sobre el debate nuclear. Quizás haya materias mucho más importantes por las que mirar hacia esa pequeña isla que está dando tan grandes consejos.
Los orientales conciben la realidad como flujo y cambio perpetuo. Cambios que no corresponden a un caos, sino a una evolución con sentido donde todo sucede por mutaciones encauzadas dentro de las leyes naturales del movimiento. Ser sabio consiste en guarar el equilibrio y por eso se vive el conocimiento y el amor a los demás y al mundo sin apegarse a ellos. Se considera al hombre como un ser eminentemente social , con una proyección hacia los demás.
Así, esta cultura del respeto, la disciplina y el orden racional de los sentimientos, entiende al hombre a raíz de una vocación esencialmente de donación generosa que le lleva a darse sin requerir correspondencia como forma plena de desarrollo.
Y así su historia continúa, para asombro de los occidentales, en la guerra y en la paz, en el ordem y en el caos; porque entienden e interiorizan que caerse y levantarse una y mil veces, forma parte de la vida misma. Porque saben que la alegría y el dolor son caras indistintas de una misma moneda.

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