La moda no existe únicamente en la ropa. La moda está en el aire; es el viento la que la trae y nos la presenta. La moda se respira, está en el cielo, en la puesta de sol… Forma parte de las ideas, de las costumbres, de los acontecimientos. La moda tiene que ser una expresión del momento, del lugar en el que vivimos”. (Coco Chanel)
La moda no es una pasarela. No es un diseñador. La moda no es una medida, ni una textura, ni una calidad. Ni un color. Y es que el panorama de lo que como moda se vende y se compra, no es sino un burdo reflejo narcisista en el agua, o una sombra dentro del Mito de la Caverna de Platón.
Patrones comunes. Campanas o pitillos, rayas o cuadros, lisos o estampados. Números interminables de maniquíes idénticos, desfilando por pasarelas eternas en busca de una gloria de veinte segundos. Y de nuevo al vestuario. Números interminables de clones urbanos modificando, sacrificando, los propios gustos y sentidos a tenor de cada vuelta de péndulo.
Y no. La moda no es superficial. Al menos no debería serlo. La moda es un arte. El arte de vestir y transmitir con el espejo del alma lo que uno es. Cómo uno es. Su esencia misma. Es el arte de exteriorizar la propia personalidad en una combinación estética, original y única.
Existen las tendencias y no vamos a discriminarlas. Pero la tendencia es tan sólo un patrón que conviene tener a la vista. Sin embargo el estilo es genuinamente propio y personal.
El estilo es nuestra identidad. Esa combinación mágica que nos permite “ser moda” sin dejar de ser uno mismo. Ese icono de belleza que nos presenta ante el mundo como alguien digno de ser conocido porque no se repite, porque es interesante, porque tiene un olor especial. Esa concepción del hombre y la mujer como seres sociales que, sin caer en un individualismo destructor, no se resignan a conformar una pequeña parte más de la masa homogénea. Ese referente, ese modelo. Ese carisma.

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